* China: explotación del hombre por el hombre y otros asuntos por resolver *

Análisis del Comité Internacional del PSUC Viu

CUESTIÓN ECONÓMICA

China está de moda, sobre todo para los capitalistas occidentales. Gustosos de ver cómo el gigante les sirve con la complacencia de un siervo de la gleva, ahora toca hablar bien de China, pero quizás pronto sea un nuevo enemigo a batir.


Actualmente, se trata del tercer exportador del mundo, sólo por detrás de Alemania y Estados Unidos, y es una de las grandes fábricas en cadena del mundo. Ha sido un crecimiento espectacular, cimentado en los inmisericordes horarios de trabajo de la abnegada población china, sin duda un mal ejemplo de vida laboral activa hasta sus últimas consecuencias. La muerte del individuo en pleno rendimiento laboral, como en las épocas más duras de la Revolución Industrial es, en China, el pan de cada día. Sin duda, desde una lógica humanista como la del PSUC Viu, resulta insultante que haya gente que muera de agotamiento y enfermedad en el trabajo. Tengamos claro que a los capitalistas, les da igual. China es un ejemplo de trabajo como esclavitud. No como forma de aptitud personal y justicia social, que es a lo que hay que aspirar.
Pero no son sólo los chinos quienes sufren este acoso. Son, también, los japoneses, los vietnamitas, los tailandeses, los coreanos, los indonesios o los birmanos. Pueblos dedicados, por entero, al trabajo sin descanso, sin conocer los placeres de la vida que nos depara nuestra corta existencia humana. Poco parece quedar del ideario filosófico y evocador de una vida y un trabajo libre, propio de los escritos y poesías de Ho Chi Minh, Confucio o incluso Mao. Hoy, gran parte de la mano de obra asiática trabaja para cientos, miles, de empresas europeas y norteamericanas que se han implantado allí –bajo condiciones preferenciales. Esto es el neoliberalismo: dejar las manos libres para que los peces gordos foráneos hagan y deshagan.

Nace, trabaja sin descanso y muere. Para millones de mujeres y hombres chinos, la vida, sólo es eso. Algunas películas de Wong Kar Wai, Takeshi Kitano o Akira Kurosaw reflejan perfectamente el interior de un ciudadano medio en esos países, el golpe cultural que sufren. El esclavismo –del que se deriva un horroroso machismo- y la pérdida del interés por la cultura son consecuencia directa de un fordismo productor que ni Estados Unidos –un complejo cada vez más militar que industrial- puede ya emular.

China, Laos, Vietnam, Camboya, Tailandia y Singapur acaban de formar la mayor área de libre comercio del mundo, en número de habitantes. Recordemos que los chinos no tienen –ni han tenido- una empresa colonial en el mundo. Son un pueblo de comerciantes sin escrúpulos, sí. Que emigran y adquieren (restaurantes, tiendas, venta minorista de artículos), y viven apartados de las poblaciones locales, sin apenas integrarse. Enriquecida por su propio trabajo, China busca hoy un lugar preeminente en el mundo y promete comerciar –de igual a igual- con las Américas y con África, continentes injustamente desarrollados que hoy viran a la izquierda. Rusia se ha dado cuenta de ello, y hoy gira su producción gasífera y petrolífera hacia el Dragón Rojo. Este aspecto, el de la política económica independiente china, promete mucho, más allá del servicio que da China a muchas industrias capitalistas de Occidente.

CUESTIÓN HISTÓRICA

Los chinos no han sido históricamente guerreros ni asesinos, en su relación comercial con el mundo, como sí lo han sido los europeos en su conjunto (los de uno u otro lado del Atlántico Norte). En el siglo XIX, millones de chinos esclavos murieron en Estados Unidos, Canadá, Brasil, Cuba o Perú construyendo los ferrocarriles que lucrarían las industrias de las oligarquias criollas, de los capitalistas norteamericanos o de la sacarocracia colonial hispánica (los terratenientes “indianos”, muy loados por la mentalidad oficial de Cataluña, que iban a hacer “fortuna” con el azucar de Cuba). Un episodio, el de los esclavos chinos en América, que ha sido borrado de las historias oficiales del poder, pese a las monstruosas cifras de violencia. El poder industrial de EE.UU se construyó con esclavos negros, presidiarios en trabajos forzosos y el trabajo de los asiáticos. Costó millones de vidas.

Tampoco se cuenta que Reino Unido, Francia y EE.UU dominaron toda la zona de China durante gran parte del siglo XIX y el XX, con misiones evangelizadoras de la Iglesia Católica, introduciendo el opio a nivel masivo (lo que causó estragos entre la población), controlando los puertos más importantes del país (Shangai, Hong-Kong, Macao, etc.), y penetrando tierra adentro con incursiones navales militares (la llamada política de cañoneras practicada por EE.UU, en el período de entreguerras). A su vez, los japoneses se hicieron con Manchuria, rica región del noreste chino. Tal dominio imperialista europeo, yankee y japonés fue consentido –o, al menos, no combatido- por Pu Yi, el “último emperador” de una saga milenaria de privilegiados monarcas.

Tal humillación terminó cuando, en 1948, sobrevino la victoria de una Revolución anticolonialista capitaneada por Mao Tse Tung, victoriosa luego de una guerra civil. El otro bando de la contienda, el Kuomintang –que siempre aceptó mejor el dominio de los imperialistas-, se recluyó en Taiwan e instauró allí un Estado, antes inexistente, basado en el capitalismo y un modo de vida de raíz norteamericana. Y allí siguen. Apoyados y reconocidos, desde el primer día, por Washington. Pu Yi, por cierto, acabó ejerciendo de jardinero e hizo suya la bandera roja del proletariado internacional, según se explica en la película de Bernardo Bertolucci, El último emperador .

Pero escapar de los determinismos históricos resulta difícil. El maoísmo, pese a modernizar e igualar el país, no trajo consigo algunas de las prerrogativas más elementales del marxismo: el tiempo libre y la liberación del individuo para disfrutar de su dignidad, según sus capacidades y según sus necesidades.

Encontramos hoy, por tanto, una sociedad con clases, con unos pocos ricos –generalmente miembros del ala derecha y gris del Partido Comunista Chino-, una clase media urbana y una mayoría pobre, obrera y campesina, que ha ido perdiendo el poder político que pudo llegar a tener en la época de Mao. Hay una división demasiado grande entre el campo y la ciudad. El primero sigue atrasado y le falta maquinaria. Y la gran ciudad china se asemeja, cada vez más, a las tecnópolis que aparecen en los apocalípticos dibujos animados manga japoneses.

Parece, sin embargo, que China ha frenado bastante la droga, la prostitución, el trapicheo (casinos, etc) y la destrucción violenta que se acumula en los ghettos de las grandes ciudades del mundo. Un punto a su favor, que hace buena la Revolución. Recordemos que Shangai fue otro de los prostíbulos de Occidente. El maoísmo erradicó tales prácticas mafiosas.

Pero lo que no acabó de cambiar fue la mentalidad servilista del país. Porque la empresa capitalista europea y norteamericana –el poder del dinero- sigue obteniendo ingentes plusvalías en China, igual que en el siglo XIX. Por eso se nos dice que China está de moda. Porque allí se fabrica lo que los industriales blancos necesitan para lucrarse. Allí se fabrica para mantener el desaforado sistema de anuncios comerciales e incitación al consumismo (que no al consumo).

Ropa, juguetes, automoción, alimentación, etc. “vienen” de China. Pero su producción e importación es gestionada por una serie de capitalistas que viven en Barcelona, Washington o París. Cíclicamente, se descubren a trabajadores chinos laborando en zulos de Europa, cosiendo y tejiendo sin descanso. El textil chino –perteneciente a las grandes corporaciones y mafias- viste al mundo.

Producir con mano de obra china es más barato –casi gratis: sin impuestos, ni salarios justos. No es casual que los trabajadores más reivindicativos sean –curiosamente- los que trabajan bajo las condiciones dictatoriales que imponen las empresas de Europa y EE.UU.

El PSUC Viu, por tanto, apoya las huelgas de los trabajadores de China subcontratados por las empresas occidentales. El sindicalismo activo, las protestas de los campesinos, así como al ala izquierda del PC de China y, en general, a la sociedad civil consciente de la lucha de clases y del imperialismo deben luchar por la dignidad de todo el mundo.

La enseñanza, la política, la diplomacia, los servicios militares y el pueblo de ese país seerán libres si son críticos con este injusto proceso de neoesclavismo y pobreza moral que Occidente construye para China, y que esta acepta, sin más. El capitalismo sólo está trayendo carestía y altos precios, lanzando a las calles a muchos desesperados, que no pueden siquiera pagar una vivienda, después de largas jornadas laborales.

El PSUC Viu condena la vigencia de la pena de muerte en China pero desconfía de ciertas organizaciones occidentales (“la comunidad” internacional), que trabajan para desestabilizar el país de cara a sumirlo en una gran crisis y hacerlo aún más vulnerable a los dictados del poder económico mundial. Corre el rumor de que la “gripe aviar” –atribuída al “mal chino”- podría ser una herramienta de laboratorio soltada para afectar a ciertos países. Sospechosamente, Donald Rumsfeld es dueño de la patente de la vacuna que debe proteger al ser humano contra esta enfermedad.

CUESTIÓN GEOESTRATÉGICA

Pero, sin dejar de criticar tajantemente el inhumano y servilista sistema chino y sus nefastas consecuencias para la clase trabajadora y la industria deslocalizada de Europa, quienes formamos el PSUC Viu debemos tener una visión geoestratégica mundial. Es creíble pensar que en el sindicato unificado chino, en los Parlamentos y Asambleas Populares y, también, dentro del Partido Comunista –con más de 20 millones de afiliados-, hay tensiones en relación a este estado de cosas. Muchos ciudadanos reclaman más servicios públicos, viviendas y más tiempo libre. Hay ciudades y municipios gestionados por gente que se reclama de tradición marxista, moderna y racionalista.

Del Ejército popular revolucionario se han reportado elevados compromisos por salvar y proteger a la población de las inundaciones y los frecuentes tifones, algo elemental que EE.UU, por ejemplo, no cumple ni en su propio país. Y, pese a que parece que los revolucionarios más consecuentes hace tiempo que fueron apartados del aparato central del gobierno chino su influencia en el sentir popular –base de todo progreso revolucionario- sigue viva.

Esto molesta a los grandes círculos del poder blanco, imperialista y arrogante. Poca gracia les debe hacer a algunos que de un Parlamento Comunista dependa la estabilidad económica mundial del momento. Además, las empresas clave de China son estatales y empiezan a competir con fuerza por el control de los recursos. En el verano de 2005, la petrolera china CNOOC, por ejemplo, estuvo a punto de comprar Unocal, una empresa norteamericana del sector, obviamente de capital privado (Ahmed Karzai, mandatario yankee de Afganistán, fue su director hasta no hace mucho). Esto provocó un terremoto político en EE.UU, cuyo Senado vetó la adquisición.

Y es que, irónicamente, el libre comercio sólo funciona si lo maneja la empresa privada occidental. Si entran en escena otro tipo de empresas –públicas, estatales- y, sobre todo, otros países que no sean los de siempre, las barreras de entrada se cierran. El neoliberalismo es un falso libre comercio.

Sin duda, hay nerviosismo en el Despacho Oval, que siempre estará dispuesto a cualquier pirueta para posicionarse geoestratégicamente en contra del gigante asiático (amparo de Taiwan, reactivación militar de Japón desde la base naval de Okinawa –dónde también hay cárcel “secreta”, por cierto-, “revoluciones” Naranja, invasiones de Afganistan, Irán, etc). Y es que la gran masa mundial de dólares –moneda equivalente al oro desde los años 40, por mandato del FMI- empieza a estar capitalizada en manos chinas, en las manos que generan el dinero. Al fin y al cabo, algún día –esperemos que no lejano- el Parlamento y el Gobierno chino podría decidir virar hacia el socialismo redistributivo e internacionalista, otorgando más poder y servicios al pueblo.

El furor neoliberal podría acabarse en breve, al calor de las protestas populares –que las hay, pese a que la prensa lo esconda-, que certifican que algo tan injusto y opresivo como el capitalismo y el esclavismo, no puede, ni debe, vencer.

CONCLUSIONES

El PSUC Viu está de la parte de la población china, que son una quinta parte de la Humanidad. Confia en que las fuerzas vivas del PC se sumen a las las alternativas políticas y económicas alejadas de la dependencia del capital internacional, que emanen de la sociedad china y de sus Parlamentos. Las movilizaciones en la Cumbre de la OMC 2005, acaecidas en Hong Kong, nos dicen que algo se mueve.

El comunismo apoya la cultura y quiere elevar el nivel de conocimientos, el debate, la información y la sabiduría de todo el mundo, sin exclusión, porque esa es la verdadera riqueza del ser humano, un ser vivo que no debe desaparecer, en esta crucial momento de la historia. China necesita, más que nunca, construir el desarrollo intelectual de las personas de la clase trabajadora y campesina. Esa es la verdadera Revolución cultural.

Porque, desde un parámetro humanista, la estructura económica de la celebrada China actual resulta insoportable para las y los comunistas, defensores de un estilo de vida más sencillo y digno, culturalmente más interesante y más positivo, y con lo básico –vivienda, sanidad, conocimiento, pensiones- cubierto por los servicios públicos de los Estados.

Finalmente, el comunismo internacionalista europeo, del que forma parte el PSUC Viu, tiene el deber de criticar con fuerza el comportamiento de la clase burguesa industrial de Europa, por su irresponsabilidad geoestratégica y por su falta de compromiso con los trabajadores de sus países de orígen, a los que deja sin trabajo y a quienes adoctrina para que no conozcan las causas reales del despido (el afán de lucro), y que tienta el populismo con argumentos racistas y chovinistas (la gripe china, la imagen falsa y tópica del chino “mandarín”).

La falta de respeto hacia la clase productiva y trabajadora china es otra de las consecuencias de la sed acumulativa del capital internacional. La hegemonía ideológica mundial desoye los intereses reales de todas las sociedades del planeta, que no son otras que trabajo digno, vivienda, cultura, salud y entendimiento.

Ellos, la clase alta, unos pocos nada más, son los responsables de este desequilibrio ecológicamente insostenible. Entendiendo al ser humano como parte insustituíble de la ecología, claro está.

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